En una entrevista que le hicieran a Rubén Mendoza, el director de La Sociedad del Semáforo, el presentador de una importante emisora y de un importante (al parecer) programa sobre cine en la radio, cuestionaba a Rubén sobre la falta, según él, de una historia en la película, que no vio por ningún lado ni inicio, ni nudo y mucho menos un desenlace; que era una serie de imágenes sin un hilo conductor. Quién sabe lo que le hubiera dicho a Oscar Ruiz Navia, director de El vuelco del cangrejo. Me imagino que le hubiera dicho lo mismo: un personaje, que no se sabe de dónde viene, se dirige hacia “La Barra”, una localidad del Pacífico colombiano, y de allí planea ir quién sabe a dónde. Mientras espera a los pescadores, con quienes tiene pensado conseguir una lancha, trabará relaciones con los habitantes del lugar, o más bien intentará lo posible por evitarlas. Y ya. “Es de esas películas donde no pasa nada, que no pretende nada, sólo manifestar un conflicto, a partir de imágenes, no con una historia, sólo con intenciones poéticas banales”, quizá dictaminará el periodista cinéfilo del corte del que hablábamos más arriba. Pero quizá esté exagerando.
Podría decir, yo, en una primera impresión, que El vuelco del cangrejo es una metáfora de la sintomatología de Colombia, a partir de la revisión cotidiana y particular de una de sus regiones.
Uno de los problemas planteados es el de la tierra, el cual es ilustrado por el conflicto entre “El Paisa” y “Cerebro”. El primero, un blanco del centro (con apariencia de gringo, acento bogotano y apodado “El Paisa”), no sólo pretende quitarle los clientes a “Cerebro”, sino que tiene proyecciones de apoderarse de toda la playa, en contravía del bienestar de los nativos. Y es que, como dice “Cerebro”, ellos han vivido toda la vida en esa tierra pero no tienen escrituras, por lo que no pueden hacer nada. La única y última opción que les queda es desenfundar los machetes, no hay otra. A parte, “El Paisa”, aprovechándose de la carencia de peces y pescadores, inicia un tráfico de pescados a costa del hambre y la austeridad de todo un pueblo.
Y este problema se ahonda más por otro, también percibido en la película: el abandono. Sólo en una escena se ven a tres hombres armados caminando por la playa, pero no se alcanza a percibir que clase de hombres armado son. De resto, no se ve por ningún lado la presencia del Estado. Incluso, para solucionar el problema con “El Paisa”, son los mismos hombres de la comunidad, en una especie de asamblea comunitaria, quienes toman las decisiones, y ellos mismos tienen que decidirse a solucionar el problema con sus propias manos.Y podríamos pensar también, por qué no, en el personaje de Daniel (aparte de ser el que de pie para que la historia de “La Barra” sea narrada) como el que encarne la saga de miles de colombianos que van por ahí, errantes, huyendo. De Daniel no sabemos de qué huye, pero sabemos que ha dejado algo atrás, algo que le duele. Esta situación de desarraigo, de huida, la expresa no sólo en su afán de lanzarse al mar, en lancha o no, sino también en la expresión dura y fatigada de su rostro.
Por: Daniel Ospina Quiceno
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