En “El vuelco del cangrejo”, de Oscar Ruiz Navia, nos encontramos con un paisaje que además de ser el espacio que habitan los personajes, es un paisaje que constituye en sí la música de la película. El estrépito del mar, el susurro de la lluvia y los demás apacibles sonidos de una vida sencilla, fuera del bullicio citadino, se funden con la sutil tensión que se desarrolla en la historia.
A un pequeño pueblo, del pacífico colombiano, llega un hombre que quiere escapar de su pasado. La ficción va desarrollando una ligera tensión entre el hombre del interior con el hombre del Caribe. En “La Barra”, la localidad a la que llega Daniel, se da un encuentro catársico entre el hombre de ciudad y la naturaleza. Allí, como si estuviéramos en lugar al que incluso Cristo ha dado la espalda, nos encontramos con un paraje que parece desenmarcado del contexto colombiano, por lo menos fuera de la realidad que nos ofrecen los noticieros y los periódicos; Daniel se encuentra allí con los ritos, las costumbres, la miseria y el abandono de una localidad, que al igual que él, en una relación casi existencial, está estancada, como el cangrejo, que si se voltea nunca escapa, no se mueve, ni retrocede ni avanza.
César Vargas.
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