Esta producción llama la atención, en especial, por sus imágenes. Se muestra un paisaje típico de la costa pacífica colombiana en su expresión más escueta, acompañado de diversas sensaciones: la luz –natural y artificial–, los sonidos –la música, el mar...–, el clima –bochorno intenso, constante y húmedo–, los olores –el mar, la selva, el pescado, el sudor...–, que incluso el espectador puede tener la impresión de alcanzar a percibirlas. En conjunto, todos estos elementos recrean una atmósfera densa, enmarcada entre la candidez y la perfidia, pues, en un villorrio aparentemente tranquilo, se esconden, de manera solapada, intenciones que al final van encaminadas hacia la tenencia del poder sobre la tierra y el mar, y lo que ambas superficies producen –el mismo cuento de siempre, la historia de la humanidad–.
Por: Isabel Luna Coutin
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