Por lo general, es inevitable tratar de asociar el arte con los fenómenos sociales y/o culturales que permiten que éste se geste. Particularmente, Colombia es un país adecuado para presentar el arte como forma de denuncia o por lo menos de manifestación sobre un flagelo. Aunque sea la censura un vehículo tan efectivo en estos medios, no se ha logrado tapar las fugas que el mismo sistema crea en su afán de totalizar la opinión y el análisis.
El Vuelco del Cangrejo fusiona de forma interesante tres fenómenos de estudio que se retroalimentan constantemente:
En primer lugar, representa el impacto de la sociedad occidental en la conformación de las culturas ajenas a ella. Es decir, cómo la incidencia de la modernización es un factor de impacto en las sociedades autóctonas, las cuales han logrado un desarrollo independiente y sólido por cuenta de sus tradiciones. En segundo lugar, nos muestra, a partir de lo anunciado anteriormente, los cambios sociales y económicos debido a la influencia occidental. Aquí la sociedad autóctona -en este caso, la Barra- se desarticula en su sistema tradicional, para adoptar nuevos modelos de adquisición y poder. En tercer lugar, de una manera paralela a estos dos ejes, aparece el conflicto armado, factor constante en la conformación o destrucción de las tradiciones y los esquemas culturales.
De estos tres fenómenos, el más fuerte –aunque no el más presente- en la película es el primero, ya que se retrata fielmente el choque entre la tradición cultural –en forma de cánticos, el desprecio hacia el forastero occidental (el paisa, por ejemplo) y los paisajes- y la presión ejercida por factores externos a su consolidación como cultura.
Es interesante observar cómo logra la película plasmar un fenómeno multicultural, un contraste que desdibuja cualquier intento de consolidación por parte del arte y la tradición. Aunque, estéticamente, deja mucho que desear. Parte de un solo plano de tensión, generando pocas sensaciones en el espectador.
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