Es posible pasar un día entero en la cama sin movernos apenas. Pero tenemos un estómago muy exigente. Nos somete al hambre y nos empuja a apaciguarlo. Una y otra vez. El estómago es un órgano inquietante, amenazante. ¿Cómo sería nuestra existencia si el pan no fuera una necesidad para conservarnos y sobrevivir? Supuestamente sería tranquila. El trabajo para la obtención del pan no sería necesario. No tendríamos que sudar ni ensuciarnos o encallecernos las manos. No tendríamos que excretar ni lavarnos los dientes. ¿Así que podríamos dormir bastante sin los afanes cotidianos, sin la paranoia de las grandes ciudades? No me parece. El sueño, como el hambre, significa que el cuerpo necesita recuperarse del cansancio, del desgaste.
Sin hambre ni sueño, estaríamos siempre despiertos de día y de noche. Infatigables. ¿Ahora qué? Cruzaríamos los brazos con alguna perplejidad y el mundo se nos aparecería en toda su majestad. Sí, tendríamos una vida muy ociosa. No seríamos esclavos de nadie. No tendríamos que preocuparnos de nada urgente. Podríamos hacer lo que queramos. Podríamos ser simplemente contemplativos. Admirar un crepúsculo con una sonrisa. ¿Seríamos, pues, felices?
Creo que nos faltaría algo, si no fuésemos absolutamente tontos: comprender por qué existimos y para qué. Si no lo comprendiésemos, no seríamos plenamente felices. Creo que seríamos muy desgraciados. Entretanto, ¿seríamos artistas, creadores de obras deleitables, como un Leonardo o un Tiziano? Podríamos más bien no ser artistas, no hacer nada productivo. ¿Para qué una catedral, una escultura, una pintura, una sonata, un poema? Además, ¿para qué un cuchillo, una lanza, una ballesta? Sin hambre ni sueño, estaríamos bien. No sufriríamos; no nos quejaríamos; no lloraríamos. Las obras artísticas nos serían superfluas y hasta extrañas. Simplemente andaríamos, vagaríamos por el mundo... intentando comprender por qué y para qué estamos aquí.
Después de todo, hay tristes problemas. El cuerpo humano, aunque parezca siempre joven e incorruptible, es frágil. La carne puede cortarse y sangrar, los huesos pueden romperse, los dientes pueden pudrirse. Además, hay cosas pesadas que levantar, como las piedras. Es posible dejar caer con torpeza una pesada piedra y herir la uña del pie. Los gemidos del dolor sí serían patéticos. Hasta es posible que un energúmeno quiera matarnos. Tendríamos entonces que huir, perdiendo la tranquilidad. Es también posible, sin duda, que un meteorito nos destruya. Muchos eventos son posibles en el mundo, algunos infortunados para nosotros.
Otro triste problema, acaso el principal, es... ¿Ya lo sabéis? ¿Qué acto, casi siempre inconsciente, se realiza en nosotros y sin el cual tarde o temprano moriríamos? La respiración. ¿Qué hacer, pues, con los pulmones? Añadamos sin muchas vueltas: sin hambre, sueño ni respiración. Ahora sí sería más fácil transitar por el mundo. Astutamente, por supuesto: no sea que nos aplaste un meteorito o nos despedace un energúmeno. Si de pronto el sol nos calienta demasiado, refugiémonos a la sombra de un árbol. Si de pronto la nieve nos enfría demasiado, hagamos una fogata. ¿Qué problema nos molestaría, por lo demás?
La cuestión trascendental: ¿por qué existimos y para qué?
Corolario: «No sólo de pan vive el hombre». Una profundidad profundamente profunda.
Jorge-Alberto
No hay comentarios:
Publicar un comentario