La libertad es prerrequisito para lograr la felicidad, si es que se puede lograr. Si sentimos que no podemos ocupar nuestro tiempo en las actividades que queremos, no podremos ser felices. Porque esas actividades son las que le dan un plus de sentido al objetivo natural de sobrevivir y prolongar la especie. Porque como dice Henry Miller, “hay que darle un sentido a la vida, por el hecho mismo de que carece de sentido”.
Ahora bien, los mayores impedimentos en la vida moderna para el desarrollo del ser humano se manifiestan, lamentablemente, en el terreno económico. El gobierno y la sociedad coartada por este, exigen trabajo desmesurado y mal pagado y el consiguiente consumo material. No hay tiempo para otras actividades, y como dice Thoreau, a propósito de los obreros, “de tanto trabajar, los dedos se les han vuelto torpes y demasiado temblorosos. Realmente, el jornalero carece día tras día de respiro que dedicar a su integridad; no puede permitirse el lujo de trabar relación con los demás porque su trabajo se depreciaría en el mercado. No le cabe otra cosa que convertirse en máquina.”
Ya no trabajamos como en la Edad Media para un amo al que Dios ha elegido. Ahora trabajamos directamente para el dios del consumo, que es un deus ex machina colocado en el escenario de la vida para solucionar nuestras tragedias y comedias. Los que están detrás del escenario manejando al dios del consumo también utilizan su dinero para tratar de llenar de sentido su vida con excentricidades, infructíferas finalmente.
Así pues, el postulado principal de la modernidad (tanto en el modelo capitalista como en el comunista) es producir lo que más se pueda. Nadie puede pretender trabajar menos ni consumir menos, so pena de salir del sistema, con las funestas consecuencias que eso trae. Un ejemplo de esto son las formas indirectas de coartar la producción: es común que por ejemplo, se obligue a un campesino a que tenga que producir cierta cantidad de productos para poder entrar en el mercado. O a un profesor se le exige un mínimo de horas para poder trabajar en una institución.
Hoy en día es poco probable que se pueda llevar a cabo la propuesta de Henry Miller de retirarse al campo y producir tu propia comida, porque el campo es de unos pocos terrateniente. Y si tienes la fortuna de poseer o comprar una pequeña parcela de tierra, tendrás que explotarla brutalmente para poder pagar los impuestos y sobrevivir. Si no lo haces así terminarás perdiendo la tierra, que finalmente será vendida a terratenientes. De todas maneras observemos cómo Miller instaba a sus lectores a que llevaran una vida con libertad:
Todos los que se preguntan, ingenuamente, cómo vivirán sin venderse a ningún dueño; más aún, se preguntan, una vez hecho esto, cómo encontrar el tiempo para llevar a cabo sus vocaciones. Ya no piensan en ir a cualquier desierto o lugar salvaje, en ganarse la vida cultivando la tierra o trabajando a salto de mata, en vivir con lo mínimo indispensable. Se quedan en las ciudades, en las metrópolis, revoloteando de una casa a otra, inquietos, miserables, frustrados, buscando en vano el encontrar una salida. Deberíamos decirles en seguida que la sociedad, tal como está constituida, no presenta salidas, que la solución está en sus manos y usándolas podrán obtenerla.
El gobierno y la sociedad capitalista ahogan las posibilidades de felicidad. También los asuntos culturales han sido invadidos por la plaga del capitalismo salvaje. Los eventos que se hacen, más que procurar un bienestar de la sociedad, se centran en un objetivo comercial de enriquecimiento abismal por parte de las multinacionales (industria editorial, discográfica, etc.). Las becas y los trabajos están dirigidos a personas que se hinquen para recibir el yugo. Las convocatorias de empleo incluyen ahora un apartado que dice “aspiración laboral”, un increíble insulto al valor del trabajo ¿Y dónde está el gobierno para controlar tales abusos? Sobre todo el gobierno no nos permite ser felices.
Los invito a que sigamos el consejo de Henry Miller y soltemos el nudo de nuestra propia libertad, para que “en cambio de trabajar por la paz, tendríamos que empujar a los hombres a relajarse, a dejar de trabajar; a tomárselo con calma, a soñar y a ociar, a perder el tiempo. Retiraos en los bosques, si encontráis uno. Pensad en vuestros pensamientos durante un tiempo. Haced un examen de conciencia, pero sólo después de haber gozado plenamente”.
Wilson Palacio
No hay comentarios:
Publicar un comentario